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¿De qué están hechos mis sueños?

Una tarde de ardor madrileño (una de tantas), llegó esta pregunta a mi cabeza. Como buen millenial que soy (por los pelos), me lancé a Google, que todo lo sabe, para encontrar la respuesta más adecuada.

“El sueño es un estado fisiológico de autorregulación y reposo uniforme de un organismo. En contraposición con el estado de vigilia —cuando el ser está despierto—, el sueño se caracteriza por los bajos niveles de actividad fisiológica (presión sanguínea, respiración) y por una respuesta menor ante estímulos externos”

                                                                                              Fuente: Wikipedia

¿El sueño es un estado fisiológico?, ¿y eso es todo? Mi hemisferio izquierdo se quedó tan “pancho” con este hallazgo, mientras el derecho me chillaba que no le resultaba suficiente…, así que decidí encontrar yo solo las respuestas.

Para comenzar, empecé a pensar en la distinción entre sueño y deseo. En mi opinión, la diferencia entre un sueño y un deseo es que el primero, de conseguirse, cambiaría mi vida de manera profunda, ya que representa mi pasión: siento ilusión por ello y creo que mi felicidad más íntima depende de esto mismo. Un deseo, en cambio, es algo que me gustaría; que, quizá, puede que cambie mi vida, pero no formaría parte de mi felicidad más íntima.  Frivolicemos con un ejemplo: me toca la lotería y me voy a vivir a esa mansión junto al lago y he cumplido mi deseo, pero no lo considero la realización de un sueño. Puede ser que ahora tenga más dinero pero, en realidad, no he cambiado nada de mi ser, digamos que no lo he conseguido con esfuerzo. La felicidad íntima de la satisfacción de lo conseguido con esfuerzo no se obtiene con esa mansión, aunque vaya  a ser muy feliz en ella (no me voy a extender aquí hablando de cómo la psicología positiva ya ha demostrado suficientemente que la felicidad no depende de lo material o lo ajeno a mí, sino que está en mi interior, en la manera en que interpreto la realidad y gestiono mis propias creencias).

Después probé a decirme en voz alta: “yo sueño con…”, y “yo deseo…”. La emoción era diferente o, mejor, mi corporalidad era diferente. El sueño es ambicioso, no tiene límites, ni siquiera horizontes.

Desde el observador que soy, los sueños sirven para crear, para construir la vida que yo quiero vivir. Y también me pueden servir para seguir creciendo, acercándome a ese “soy como quiero ser, soy como soñé un día que sería”.

Para ello, he de articular esos sueños que, si bien pueden parecer imposibles, están hechos de metas u objetivos “marte”, y de sentimientos (de los que frecuentemente carecen esas metas u objetivos).

Desde mi punto de vista, es esa extraordinaria combinación la que me puede ayudar a hacer ese o esos sueños realidad: determinando los pasos a dar, los cómos, los qués, los quiénes y los cuándos, y estableciendo un plan de acción efectivo, que pueda medir y que me permita verificar si lo que siento en cada momento conecta, o no, con los sentimientos que me genera el verme haciendo ese sueño realidad.

Como dijo Calderón: ”que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son”. Pero…,¿cuándo quieres dejar de “soñar” y empezar a “hacer”?, ¿cómo vas a hacer realidad tu propio sueño?, ¿cuál es el primer paso que quieres dar?

Como siempre, te deseo mucho éxito 😉

sueños
Lisardo_gabriel
Lisardo Gabriel Berrocal

Facilitador  Lider-Haz-Go!

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